lunes, 6 de mayo de 2013

EL PARO Y LA EXCLUSIÓN SOCIAL EN EUROPA



ALGO MÁS QUE PALABRAS



            El continente europeo se hunde por el paro y la exclusión social. Cada día son más los ciudadanos europeístas que se rebelan. Se ha propiciado una austeridad entre los que menos tienen, mientras las grandes fortunas siguen acrecentando sus riquezas o las instituciones continúan con sus políticas irresponsables. Tampoco es de recibo una Europa de varias velocidades, desintegrada e incapaz de solidarizarse. A mi manera de ver, se precisa con urgencia una integración solidaria, auspiciada por controles democráticos, que active principios responsables. Por otra parte, los europeos tienen que ser conscientes de que pertenecen a una misma comunidad. No se puede caer en egoísmos. Europa es lo que es gracias a la unión, y la solidaridad es cosa de todos. Las cuestiones, por tanto, no se pueden decidir entre algunos, es la unidad de sus miembros institucionales los que han de resolver el camino a tomar. Y lo que tiene que prevalecer es el interés de la ciudadanía europeísta en su conjunto.

            Sería bueno que coincidiendo con este mes de mayo, en el que celebramos el día de Europa (el día 9), se profundizase en la alianza antes de que el proyecto se derrumbe. Para empezar,  habría que dignificar dicha conmemoración. Ciertamente,  a pesar de ser el único día de celebración oficial de la unión europea, en la práctica ninguno de los países miembros de la unión organiza festividades conmemorativas de alto nivel, como las que se realizan con motivo de las fiestas nacionales. Así no se puede crear una conciencia europeísta. A lo mejor es que no hay nada que celebrar. En cualquier caso, me niego a que sea una historia más, de lo que pudo haber sido y no fue. Desde luego, necesitamos seguir descubriendo nuestras propias raíces, y bajo este conocerse y respetarse, edificar una convivencia más solidaria de todos y de cada uno, dejándonos inspirar por la emblemática herencia humanista, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho

            Precisamente, es esta herencia democrática y de adhesión a los derechos sociales la que debe ayudarnos a ver lo que otros nos quieren tapar. No se puede convivir cerrando los ojos a las miserias. Tanto el paro como la exclusión social son una losa tremenda, algo insoportable para muchos países, que debe hacernos recapacitar. Y donde no hay desempleo, se ha precarizado el empleo con salarios indecentes. Es cierto que esta situación no tiene fácil arreglo, pero está visto que la filosofía del sacrificio tiene que ser proporcional a los recursos, sabiendo que ningún país puede salir por sí mismo del agujero. Tampoco es un acto de justicia imponer planes de austeridad a unos ciudadanos en apuros, mientras los corruptos siguen sin devolver lo robado. Evidentemente, esta situación está generando un amargo resentimiento, que desestabiliza gobiernos y mina la credibilidad de las instituciones y de la clase política.

             Ahora bien, el día que la unión europea y los diversos gobiernos nacionales compartan la responsabilidad con las políticas de empleo, asuntos sociales e inclusión, sin que la pauta del continente la marque el país con más poder económico, sino todos por igual, será el momento de avanzar al menos hacia esa ansiada unidad. No necesitaremos más literatura que los hechos. A veces uno se pregunta, ¿por qué dejarse gobernar por Alemania? Habría que escuchar todas las voces y establecer soluciones coordinadas, donde lo importante sea Europa y su ciudadanía, no las diversas nacionalidades. A mi juicio falta cohesión política de los dirigentes europeístas y falla, también, voluntad de abordar unidos los problemas. Del mismo modo, sería injusto culpabilizar de todos los males europeístas a la canciller Merkel, pero no se trata de que Europa se amolde a Alemania, sino de que todos nos amoldemos a la solidaridad de una causa común, la unión europea.

            Una Europa de los pueblos, unida en la consideración de la legítima pluralidad que enriquece a todos los países, en un proceso abierto de intercambio cultural, precisa de unos líderes con conciencia europeísta. Con la amenaza social del paro y la exclusión, la brecha de las desigualdades va en aumento, y por ende, la tensión se dispara ante empleos en precario y un bajo nivel de protección de los derechos laborales.  De ahí la importancia que la unión europea,  junto con los países miembros, movilicen todos los instrumentos a su alcance para generar empleos dignos y, así, poder alcanzar el ansiado crecimiento económico sostenible.

            No se puede hablar de generaciones perdidas y quedarnos tan pasivos.  Europa tiene que comprometerse mucho más con la reducción del desempleo juvenil. Todos los gobiernos tienen que priorizar esta penosa realidad. Movilícense recursos. Para esto no puede haber austeridad. Refuércese el control de las políticas junto con los países miembros de manera que los problemas sociales y de empleo no queden eclipsados por los económicos. En definitiva, ejemplaricen y consoliden la gobernanza de las políticas de empleo más allá de los papeles, de las buenas intenciones, de los discursos fáciles. Un continente no se transforma contando historias, como la de la austeridad, que nos iba a redimir a todos y luego resulta que no; sin embargo, sí se le cambia con evidencias, con modelos económicos intachables, con políticos honestos dispuestos a trabajar al servicio de todos y no a la orden de los suyos, con políticas partidistas.

            El trabajo, en definitiva, es lo único que puede garantizar una realización humana, una libertad completa, un futuro con optimismo. Ya lo decía Platón, "el legislador no debe proponerse la felicidad de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos", y es en este sentido, en el que debemos avanzar, con políticas inclusivas y acciones asistenciales. Para empezar, pienso que se han de utilizar mejor los fondos de la unión europea para combatir la discriminación. También la política comunitaria debe trazar estrategias para invertir socialmente más con los desfavorecidos, para que puedan insertarse en el mercado laboral. Por desgracia, la crisis económica está socavando la sostenibilidad de los sistemas de protección social, en lugar de impulsar y conseguir firmes compromisos políticos en la lucha contra la exclusión en Europa. Sin duda, una sociedad incapaz de erradicar la pobreza de sus calles, que no trabaja por una distribución justa y que margina, no merece llamarse humana. Al fin y al cabo, cada sociedad tiene los gobiernos que quiere. Más de uno lo único que hace es adormecer a sus gobernados. Pensábamos que la unión europea, como sociedad dinámica basada en el conocimiento, tenía otros horizontes. La decepción no puede ser más desesperante y desesperanzada. Bien que lo siento.


Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

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